En torno a la poesía de Xulio López Valcárcel, por Miguel Carlos Vidal

La provincia de Lugo, en el pasado siglo XX, le dio a Galicia gandes poetas: Luís Pimentel, Álvaro Cunqueiro, Aquilino Iglesia Alvariño, Uxio Novoneyra, Luz Pozo Garza, Manuel María… A dichos nombres vino a sumarse, por indiscutibles y muy reconocidos méritos propios, el de Xulio López Valcárcel, nacido en 1953.

Retrato de Xulio Valcárcel por Manuel Vilariño

Retrato de Xulio Valcárcel por Manuel Vilariño

Su primer libro publicado –Víspera do día– data de 1979, y el último –A melancolía dos corpos-, de 2008. Entre ambos se sucedieron, sin contar otras publicaciones de su autoría, los titulados Alba de auga sonámbula (1983), Solaina da ausencia (1987), O sol entre os dedos (1993), Memoria de Agosto (1993), En voz baixa (1995, pero que no es de nueva creación sino una antología de lo publicado entre 1979 y 1994), El volumen de la ausencia (1997, que es, también, otra antología de los anteriores cinco libros, aunque en este caso publicada en edición bilingüe –gallego y castellano-), y Casa última (2003).

Es de destacar el hecho de que entre los dos poemarios de 1993 y Casa última, coincidiendo con la entrada del autor en la madurez, transcurrieron diez años, y el de que, para este último libro de ahora –A melancolía dos corpos-, hubo que esperar cinco. Tal distanciamiento temporal en la creación (o, al menos, en la publicación) de libros de poesía no es que sea necesario para garantizar la obtención de una mayor calidad lírica en la obra, pero, salvo en muy contadas excepciones, esos prolongados “silencios” casi nunca perjudican.

Digamos también que el poeta –el gran poeta- que hay en Xulio López Valcárcel, a poco que sigamos haciendo memoria, ya se nos había hecho evidente –y anticipado en el tiempo- con poemas como los titulados, verbigracia, “Esta tarde non vén de ningún sitio”, “Pensativa a avoa presente na tarde a súa fin”, “Habitas rúas de medo e buscas”, “A retirada”, “Agardarasme un día”, “Descoñecidos”, “Aportación para un debuxo da ausencia” (sobre todo, los versos finales), “Escoito desde o interior dun templo románico a voz do fillo chamando”, “Autopoética (palabras contra o tempo)”, “Se embellecemos xuntos”, “Cutty Sark”… Todos ellos pertenecientes a su obra anterior a Casa última, y alguno de esos poemas escrito –lo que igualmente es de destacar- hace ahora más de treinta años.

Decía antes que Casa última fue publicado en 2003, después de un “silencio” –fructífero silencio- de diez años. Se trata de un libro de versos –el número seis de los del autor- que marcó una verdadera cima poética en la andadura de Xulio López Valcárcel. Ya lo dije públicamente cuando el volumen salió a la luz, y lo repito ahora: que es “un profundo, un bellísimo y muy delicado poemario del dolor”, “un emocionado y contagioso canto elegíaco de lo querido que se pierde”… Y que merece estar siendo siempre releído –“visitado”-, y ya no se diga respecto de algunos de sus poemas, tales como: “Casa”, “Ninguén agarda”, “A nai retira as últimas cousas”, “Fulgor e derrota”, “Amor”, “Pai neno”, “Santiago vai en nós como unha sombra”, “A chamada”, “Baixo os mirtos”, “B.A.Q.”…

Retrato de Xulio Valcárcel por Modesto Trigo

El poeta, en el año 2008, nos vuelve a sorprender gratamente con un nuevo poemario: el séptimo. Se titula, antes lo he dicho, A melancolía dos corpos, y está subdividido en cuatro partes: la “I”, que consta de once poemas; la “II”, de diecisiete; la “III” (cuyo título se identifica con el de todo el libro), de veinticuatro; y la “IV”, de dieciséis. El volumen cuenta, por tanto, un total de sesenta y ocho poemas.

En esta séptima obra de Xulio lo primero que llama nuestra atención es la novedad de que éste suprime, voluntaria e intencionadamente, en casi la totalidad de los poemas, importantes grafías como, por ejemplo, las de la puntuación, lo que constituye, según nos recuerda, con su autoridad, Guillermo de Torre, un particular modo expresivo de origen “ultraísta”. Tal decisión formal –no exenta de cierto riesgo para determinado tipo de lectores- otorga a cambio al poeta una mayor “libertad” elocutiva. Y, además, le permite el que pueda desarrollar en las composiciones un ritmo mucho más personal y vario, nunca (o apenas) sometido a pausas, sino a las exigencias de cada instante y urdidumbre poéticos.

Eso, por una parte, que, por otra, desde la óptica del contenido de A melancolía dos corpos, el autor, como diría Antonio Machado, con sólo unas pocas palabras verdaderas (y sin que podamos olvidar la elevada belleza de su obra anterior, principalmente, la de Casa última), aún fue capaz de construir ahora todo un nuevo universo lírico que es, al mismo tiempo, deslumbrante prodigio de condensación y de  prolongadísima o permanente emotividad.

De esta última publicación no es menos resaltable el que en la mayoría de los veinticuatro poemas que contiene, por ejemplo, su parte “III” (aunque, como se verá, algo parecido sucede en muchos de los que integran los restantes apartados del volumen) tan sólo lo esencial tuvo cabida. Lo inerte –lo que es ganga- fue sacrificado sin piedad. Y es que estamos ante un poeta positivamente maduro que anhela, más que nunca, comunicarse, y que lo consigue, pese a que su campo de operación sea siempre el muy difícil y visionario del ensueño y el asombro.

Por eso mismo también, y de esa propia y tan hermosa parte “III” del volumen, resulta inevitable repetir aquí el título de algunos de sus poemas más bellos: “Veleiros brancos”, “Acto final, I y II”, “Liña de sombra”, “Hospital”… Composiciones dotadas no sólo de la más conmovedora y límpida de las ternuras sino, a la vez, de un poderoso, progresivo e incesante ascender poético. Tan es así que con una sola cualesquiera de aquéllas ya hubiera bastado para justificar plenamente la publicación del libro.

Pero sigamos, y señalemos, a mayores, como representativo paradigma de lo mejor de buena parte de A melancolía dos corpos, el primero de los mencionados poemas: el referido (y con cuánto amor) “A nai cando era nena”, que “soñaba veleiros brancos”. En este gran poema se hace obligado poner de relieve el que, además de la altísima cota que alcanza su lirismo, todo él –su núcleo, su más íntima carga- se origina y expande dentro del ámbito de un decir propio e intemporal, adrede candoroso, siempre profundo y de una afectividad que en cada relectura se va potenciando y enriqueciendo, inagotablemente, a sí misma…

A nai cando era nena

soñaba veleiros brancos:

interrogaba o porvir

tecendo panos e cantos,

(…)

Peíños descalzos na herba

e as canelas no orballo,

buscando o seu rostro nas nubes

ficaba suspensa en abraio,

pensando días futuros,

soñaba veleiros brancos.

Mais polo ceo sen tempo

dos seus ollos, leves no leve,

brancos no Branco,

seguen a cruzar ténues,

venturosos, imposíbeis,

aqueles veleiros leves,

aqueles veleiros brancos.

Y uno, ante tanta eclosión de belleza, se pregunta: ¿Qué más, cuánto más, cómo y mejor se puede decir?… (“Las cosas –nos revelaba Mallarmé, y viene, en parte, a colación- están en la poesía por su ausencia, es decir, por lo más verdadero, ya que, cuando algo se ha ido, lo más verdadero es lo que nos deja,” […].)

De otro de estos grandes poemas no nos resistimos a pararnos, siquiera sea un momento, en el titulado “Acto final, I y II”. Aquí se rememora al abuelo, de quien, con una elegíaca y estoica austeridad que sobrecoge, se “canta” la sencilla grandeza de su muerte (y más todavía en sus ocho últimos versos, los que conforman el poema “II”). Pues bien, de esta composición, la muy estremecedora carga de ternura y dramatismo que sus versos generan, a mí, personalmente, y de alguna particularísima manera, me conducen hasta Rilke, hasta el autor del extraordinario relato de la muerte del abuelo de Malte Laurids Brigge; y, sobre todo, hasta aquellos también (como estos de Xulio) hermosos versos (casualmente, de “otra” parta “III”, en este caso, del Libro de las horas) que claman: “Señor, da a cada uno su muerte propia,” (…)/ “La gran muerte, que cada uno en sí lleva,” (…)

Asimismo tampoco quiero dejar sin unas palabras mías el poema titulado “Liña de sombra”, estricto y ascético puñado de buenos versos que, pese a su brevedad (o hasta seguramente muy potenciado por eso mismo), nos transporta, de súbito, y casi se diría que patéticamente, a nuestras recámaras interiores más profundas, donde todo es (y más para el protagonista) inmensa y desesperanzada soledad: “A soidade final o desamparo” –dice el poeta-, sin que por el hombre se sepa, “non sabe/ como cruzar ao outro lado”.

Digamos igualmente que “Encontro”, “Nais na néboa”, “Vello tomando sopa”, “Rapaza dormida fronte ao mar”, “Man de neno”…, son, a mi modesto sentir, los poemas más sobresalientes de la parte “II” de A melancolía dos corpos, con lo que no se quiere restar ni un ápice de valor al alto nivel lírico que también poseen las restantes doce piezas poéticas de este segundo apartado.

E igual sucede con el contenido de las otras dos secciones o subdivisiones, la “IV” y la “I”. Por eso, que nadie vaya a pensar, a la vista de lo hasta ahora manifestado, que sus poemas -los de estas dos últimas secciones mencionadas- puedan ser menos merecedores de estar colocados al mismo nivel estético (e incluso, en algunos casos, a superior) que el de los ya comentados de las partes “II” y “III”. Así, para ejemplificar, por su muy alta y profunda gradación poética, espigamos los siguientes títulos: “Viaxe ao Oeste”, “Sur”, “Pregunta III”, “Viaxeiro I”, “Viaxeiro II”, “Altas aves”…, de la parte “IV” del libro; y, por último, de la parte “I”: “Remol”, “Amantes III”, “Inventario e recuperación”…

Luciano Rodríguez, Xulio Valcárcel, Miguel Anxo Fernán-Vello, Xavier Seoane

Luciano Rodríguez, Xulio Valcárcel, Miguel Anxo Fernán-Vello, Xavier Seoane

Una vez llegado a este punto, me parece conveniente confesar, antes de seguir adelante con estas notas, cuál es la gradación  ordinal de mis preferencias dentro de la poesía, y, en particular y consecuentemente, cuál es ésta dentro de las composiciones que integran A melancolía dos corpos. Como es obvio, está de más decir que tales preferencias nadie tiene por qué compartirlas, y que seguramente se deben a mis muchas limitaciones personales.

De todos modos, para mí, el primero o más alto de estos grados lo acupan poemas que responden al tipo “afectivo (A) – imaginativo o sensorial (B) – lógico o conceptual (C)”, es decir, el A-B-C, con su variante A-C-B, de la escuela de Dámaso Alonso; el segundo, poemas que se estructuran u ordenan en el B-A-C, con su variante B-C-A, y el tercero, que lo hacen en C-A-B y C-B-A.

En consecuencia, de conformidad con ese criterio, señalaré, para no cansar al posible lector, tan sólo algunos ejemplos.

Son del tipo A-B-C: “Veleiros Brancos”, “Encontro”, “Acto final, I y II”, “Viaxe ao Oeste”, “Liña de sombra”, “Nais na néboa”, “Remol”, “Sur”, “Pregunta III”, “Hospital”, “Man de neno”, “Inventario e recuperación”, “Neno celeste”, “Olvido I”, “Viaxeiro I”, “Amantes III”, “Alfa e Omega”…

De los restantes cinco tipos, y también por respeto al lector y a la brevedad, me limitaré a citar, como máximo, otros tantos nombres: “Cuarto de hotel”, “Palabra que en nós queda”, “Tshu Shing”, “Rapaza dormida fronte ao mar”, “Altas aves”, “Nostalgia e refuxio I”, “O ulido da dor”, “Viaxeiro II”, “Inocente e terrible” (cuyo último verso nos trae a la memoria, cual si fuera el intento (que ya sabemos que no lo es) de un acertado alarde de máxima síntesis, el poema epilogal “Vida”, de Cuaderno de Nueva York, de José Hierro), “Copos no amor”, “Ragazza in Roma”, “Vello tomando sopa”, “Filme”, “Perplexidade”, “Lugares”, “Insomnio”, “Olvido II”…

Pero, ya para terminar este comentario, volvamos a la consideración del libro en su conjunto. Se trata, como se ve, de una obra seria, profunda, diferente, que irradia verdadera y hermosísima poesía en todas las direcciones. A melancolía dos corpos constituye un muy bello poemario destinado a permanecer, a triunfar sobre el Tiempo, juez, como es sabido, siempre duro e inapelable.

Y añadamos, como final, respecto de este gran libro, que en la mayoría de sus versos -y aun hasta en su propio nombre- predomina lo que Dámaso Alonso llamaba “una fluencia interior, un rastro de melancolía o quizás un aroma”. Lo que, a la vez, alguna relación viene también a guardar con aquello otro que nos aseveraba María Zambrano, hablándonos de Poesía: “La Poesía es la voz de la desesperación, de la melancolía y el amor de lo pasajero que no se quiere consolar de perderlo y de perderse”.

Miguel Carlos Vidal (Verano de 2009)

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